La sonrisa eterna de Tito Puente

Desde el viernes pasado iniciaron en Nueva York, los tributos al Rey del Latin Jazz, Tito Puente. El timbalero, director y compositor que tras su muerte el 31 de mayo de 2000, a sus 77 años, dejara un legado en muchos frentes de la música (sin mencionar sus más de 100 discos), además de actos importantes beneficiando tanto a restaurantes, clubes como a calles y escuelas de música, es recordado esta semana, en el décimo aniversario de su muerte.
En 1950 su orquesta ya era ampliamente popular en el famoso Palladium, un conocido lugar de baile y paso obligado para todas las grandes orquestas del país, situado en pleno corazón de Nueva York (calle 53 de Manhattan). Una de las bandas que causaban mayores llenos era la de Tito Puente, que cada semana presentaba un tema nuevo y sus composiciones eran tan ricas en el plano melódico que de todas las orquestas que se disputaban el cartel del salón de baile, la suya tenía el mayor éxito. En 1951, su formación comprendía al pianista Charlie Palmieri, al conguero Mongo Santamaría y al bongocero Willie Bobo. De ese cuadro se colige que la percusión estaba en magníficas manos, algo que Puente disfrutaba por los ritmos que encaraba y por su habilidad sobre los timbales y el vibráfono.

Puente ingresó al mundo del jazz latino en 1956, año en que graba Cuban carnaval y Puente goes jazz, un disco de asombrosa energía, basado en varios ritmos afrocubanos. Lo que sí es cierto es que se esforzó en desarrollar un estilo que gustara a la vez al público del jazz y al público que bailaba. Su éxito inicial se debió a la autenticidad de sus ritmos latinos, sutilmente mezclados con armonías de bebop. Eso explica en parte los cuatro Grammy que recibió.

Ojos luminosos

Esa virtuosa calidez y ostentación escénica que mostró, más la longevidad, las giras imparables y su constante presencia en los medios de comunicación hicieron que Tito Puente fuera quizás el más querido símbolo del jazz latino. Era un virtuoso timbalero, que con habilidad combinaba cada matiz rítmico que se le presentara de una manera oldfashion. Cuando alguien asistía a sus conciertos era testigo que durante los solos del timbal, le saltaban y brillaban los ojos, contagiando al espectador. Igual, Puente fue un músico versado, fino si se quiere, que tocaba el vibráfono con lirismo, amén de ser un obsequioso arreglista. Tocaba también el piano, las congas, el bongó y el saxofón, instrumentos que conoció en Juilliard School.

Debutó a los 13 años como batería en una big band. A partir de entonces habría comenzado su ascenso como director y como compositor. Su nombre fue popular a partir de Oye cómo va, gracias a la difusión que le hizo Carlos Santana, e igual Para los rumberos. Luego su aparición en varias películas, entre ellas, The mambo kings, en 1992. Pero fue su amplitud estilística en sus composiciones que abarcaban bossa nova, piezas de Broadway, boogaloos, música pop y la conocida salsa que, "es una palabra comercial. La salsa se come, no se escucha. En realidad es un mambo, un guaguancó; música del Caribe, música cubana", fue con las que el maestro de amplia sonrisa, se ganara un lugar en el gusto de adultos y jóvenes.

Alegría pura

Puente fue prudente para hablar de su vida personal. Pero sí se sabe que era un ser alegre y guasón, que igual le pedía al periodista que le solicitara una entrevista: "Sí se la doy, pero no me pregunte dónde, ni cuándo, ni por qué nací". Su socio, Óscar Rivera, con el que fundó el restaurante Tito Puente, en City Island, en 1995, describía así los días en los que él llegaba a comer allí y de cómo le provocaba tocar con el grupo de la casa. "Su presencia era diferente a la de cualquier otra celebridad. Él siempre fue ritmo, siempre fue feliz. Siempre estaba afinado, como un fino piano".

Entre los homenajes que se realizan en estos días, está la que hizo la Latin Jazz All Star, dirigido por el flautista Dave Valentin, en Nueva York, pero también en Australia, la orquesta de jazz latino Mucho Mambo, dirigida por Martin Taylor, revisó su repertorio en un claro reconocimiento al trabajo de un músico fecundo y ameno que además fue símbolo de la ciudad de Nueva York.

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